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El cielo llora, dejando caer toda su
furia en la ciudad de París, jugando a llevarse los paraguas que
protegen a las minúsculas personas aferradas a ellos.
Alexandra camina cabizbaja, resguardada
por una bufanda burdeos que le tapa la boca.
Camina sin rumbo, porque es como se
siente ahora, le han quitado el motivo por el que sigue viviendo...
ahora no es nada, no tiene rumbo.
Gira a la derecha, a la izquierda,
derecha otra vez... y sin saber como ni por qué allí está, justo
en el lugar que haría que se derrumbase, pues allí ha caminado ella
impulsada por la necesidad.
Abre los ojos y los cierra, intentando
encarcelar las lágrimas que ya comienzan a escaparse entre las
pestañas.
Pero el destino es caprichoso, y justo
en ese lugar, justo en ese momento que las barreras se están
rompiendo... hay algo que acciona todo para que vuelva a funcionar.
—¡Marta!
Unos brazos anónimos la eleva por los
aires, el paraguas sale volando en la dirección contraria y por un
momento se olvida del mundo, se olvida de que está sufriendo, de que
ella no es la tal Marta que tanto ama esta persona...
—Te he echado de menos, princesa.
Princesa... nunca la llamó princesa, y
es tan dulce ese simple gesto que siente que en realidad nunca le
importó.
Cuando al fin devuelve los pies al
suelo, la realidad la cala como la ha calado la lluvia.
—Siento defraudarle pero... no soy la
tal Marta.
El desconocido se sonroja y mira el
suelo avergonzado.
—Oh... perdone...
—No importa.
Recupera el paraguas de Alexandra y se
lo tiende.
—Siento haberle causado tales
molestias... de veras, perdóneme
Alex toma el objeto que le tiende
divertida, lo cierra y se lo cuelga en el brazo mientras piensa que
se verá ridícula así, empapada y con el paraguas en el brazo, pero
ciertamente no le importa lo más mínimo.
—No importa.
—Espero que no se encuentre locos así
todos los días... que pase una buena tarde. —Dicho esto corre bajo
la lluvia, en busca de Marta... que no daría ella por ser Marta y
tener a alguien que lo diera todo por ella.
Esta empapada, pero no quiere volver a
casa, tiene ganas de tomar un café caliente.
Entra en el primer Starbucks que
encuentra y se sienta en una mesa, el abrigo comienza a mojar el
sillón, se toma su café sorbo a sorbo, esperando a que la
dependienta la eche de un momento a otro.
Tras media hora sin que ocurra nada, se
levanta con intenciones de volver a casa.
En ese momento entra el desconocido...
pero no hay ninguna Marta.
Alex no sabe por qué pero siente la
necesidad de preguntarle.
—¡Ey! —Le pone una mano en el
hombro y le sonríe.
—¿Aún no has vuelto a tu casa? Vas
a enfermar...
—¿Y Marta? —No quiere pero no
puede evitarlo y comienza a reír.
—No se ha presentado.
Alex deja de reír secamente y le mira
compungida, ya somos dos amigo.
—Lo siento.
No se puede imaginar como alguien puede
rechazar a una persona así... No saben lo que tienen hasta que lo
pierden.


