El reino entero suena imperioso, con
aire de festividad. El príncipe Ronald vuelve a su hogar, y vuelve
nada más y nada menos que para encontrar la mujer que se convierta
en su esposa y princesa... un futuro brillante que cualquiera de las
damas del reino desea y ansía.
Los días anteriores a la celebración
se pueden ver hermosos trajes italianos en los escaparates de las
tiendas, además de joyas, adornos para el pelo, etc... para los más
pobres sin embargo se puede encontrar telas y encajes a buen precio
en el Angolo della Cinderella, donde
la joven invierte las horas en las que no sirve a su madrastra y
hermanastras.
Llegado el gran
festejo Cinderella luce su maravilloso vestido pastel, las
hermanastras de esta cuando ven la magnificencia de su obra llenas de
la ira que produce la envidia echan a perder el trabajo invertido,
desgarrando la tela a jirones.
El coche de
caballos sale, y la pobre muchacha llora desconsoladamente mientras
ve de forma dificultosa a causa de las lágrimas como el palacio a lo
lejos se colorea de fuegos artificiales.
Cuando parece que
nada puede ayudarla aparece Erica, su hada madrina, que al verla
llorar corre hacia ella y le saca una sonrisa.
—No me puedo
creer que una belleza como tú no vaya a asistir al baile, pobre
príncipe Ronald... tendremos que remediarlo.
Con toques de la
mágica varita consiguió crear una magnífica carroza, con su
cochero, cuatros corceles blancos impecables, un vestido para ella y
unos zapatos de cristal.
—Aunque todo
parezca maravilloso, la magia llega a aborrecerse... más te daré la
oportunidad de volver a ser la que eras si vuelves a la medianoche en
punto a este mismo lugar.
Dijo ente
florituras la risueña hada madrina.
—¿Por qué
quisiera yo cambiar todo esto por la simpleza de antes?
—Creedme cuando
os digo que anhelareis esto.
El carruaje salió
y Cinderella al poco se olvidó de la petición de la mujer generosa
que le había dado la oportunidad de llegar al baile con esas
magníficas galas.
Cuando entró en la
estancia el silencio se apoderó de la multitud, pues no podían más
que observar la belleza de la muchacha que se había hecho con la
atención de todos, incluido el príncipe.
Este le pidió el
primer baile, ignorando por completo a las demás jóvenes
enfurecidas, no tenía ojos más que para la joven Cinderella.
La noche trascurrió
de este modo, y la muchacha mucho menos estuvo pendiente de la hora,
como le había advertido su hada madrina, sino que se olvido de aquel
comentario por completo... y solo se lo recordó cuando sonó la
última campanada de la medianoche.
Entonces, entre los
brazos del príncipe, Cinderella dio su último suspiro quedándo
convertida para siempre en una hermosa estatua de cristal.


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