Alexandra

sábado, 3 de noviembre de 2012


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El cielo llora, dejando caer toda su furia en la ciudad de París, jugando a llevarse los paraguas que protegen a las minúsculas personas aferradas a ellos.

Alexandra camina cabizbaja, resguardada por una bufanda burdeos que le tapa la boca.
Camina sin rumbo, porque es como se siente ahora, le han quitado el motivo por el que sigue viviendo... ahora no es nada, no tiene rumbo.
Gira a la derecha, a la izquierda, derecha otra vez... y sin saber como ni por qué allí está, justo en el lugar que haría que se derrumbase, pues allí ha caminado ella impulsada por la necesidad.

Abre los ojos y los cierra, intentando encarcelar las lágrimas que ya comienzan a escaparse entre las pestañas.

Pero el destino es caprichoso, y justo en ese lugar, justo en ese momento que las barreras se están rompiendo... hay algo que acciona todo para que vuelva a funcionar.

—¡Marta!

Unos brazos anónimos la eleva por los aires, el paraguas sale volando en la dirección contraria y por un momento se olvida del mundo, se olvida de que está sufriendo, de que ella no es la tal Marta que tanto ama esta persona...

—Te he echado de menos, princesa.

Princesa... nunca la llamó princesa, y es tan dulce ese simple gesto que siente que en realidad nunca le importó.
Cuando al fin devuelve los pies al suelo, la realidad la cala como la ha calado la lluvia.

—Siento defraudarle pero... no soy la tal Marta.

El desconocido se sonroja y mira el suelo avergonzado.

—Oh... perdone...
—No importa.

Recupera el paraguas de Alexandra y se lo tiende.

—Siento haberle causado tales molestias... de veras, perdóneme

Alex toma el objeto que le tiende divertida, lo cierra y se lo cuelga en el brazo mientras piensa que se verá ridícula así, empapada y con el paraguas en el brazo, pero ciertamente no le importa lo más mínimo.

—No importa.
—Espero que no se encuentre locos así todos los días... que pase una buena tarde. —Dicho esto corre bajo la lluvia, en busca de Marta... que no daría ella por ser Marta y tener a alguien que lo diera todo por ella.

Esta empapada, pero no quiere volver a casa, tiene ganas de tomar un café caliente.
Entra en el primer Starbucks que encuentra y se sienta en una mesa, el abrigo comienza a mojar el sillón, se toma su café sorbo a sorbo, esperando a que la dependienta la eche de un momento a otro.

Tras media hora sin que ocurra nada, se levanta con intenciones de volver a casa.
En ese momento entra el desconocido... pero no hay ninguna Marta.
Alex no sabe por qué pero siente la necesidad de preguntarle.

—¡Ey! —Le pone una mano en el hombro y le sonríe.
—¿Aún no has vuelto a tu casa? Vas a enfermar...
—¿Y Marta? —No quiere pero no puede evitarlo y comienza a reír.
—No se ha presentado.

Alex deja de reír secamente y le mira compungida, ya somos dos amigo.

—Lo siento.

No se puede imaginar como alguien puede rechazar a una persona así... No saben lo que tienen hasta que lo pierden.

Cinderella




El reino entero suena imperioso, con aire de festividad. El príncipe Ronald vuelve a su hogar, y vuelve nada más y nada menos que para encontrar la mujer que se convierta en su esposa y princesa... un futuro brillante que cualquiera de las damas del reino desea y ansía.

Los días anteriores a la celebración se pueden ver hermosos trajes italianos en los escaparates de las tiendas, además de joyas, adornos para el pelo, etc... para los más pobres sin embargo se puede encontrar telas y encajes a buen precio en el Angolo della Cinderella, donde la joven invierte las horas en las que no sirve a su madrastra y hermanastras.

Llegado el gran festejo Cinderella luce su maravilloso vestido pastel, las hermanastras de esta cuando ven la magnificencia de su obra llenas de la ira que produce la envidia echan a perder el trabajo invertido, desgarrando la tela a jirones.

El coche de caballos sale, y la pobre muchacha llora desconsoladamente mientras ve de forma dificultosa a causa de las lágrimas como el palacio a lo lejos se colorea de fuegos artificiales.

Cuando parece que nada puede ayudarla aparece Erica, su hada madrina, que al verla llorar corre hacia ella y le saca una sonrisa.

—No me puedo creer que una belleza como tú no vaya a asistir al baile, pobre príncipe Ronald... tendremos que remediarlo.

Con toques de la mágica varita consiguió crear una magnífica carroza, con su cochero, cuatros corceles blancos impecables, un vestido para ella y unos zapatos de cristal.

—Aunque todo parezca maravilloso, la magia llega a aborrecerse... más te daré la oportunidad de volver a ser la que eras si vuelves a la medianoche en punto a este mismo lugar.

Dijo ente florituras la risueña hada madrina.

—¿Por qué quisiera yo cambiar todo esto por la simpleza de antes?
—Creedme cuando os digo que anhelareis esto.

El carruaje salió y Cinderella al poco se olvidó de la petición de la mujer generosa que le había dado la oportunidad de llegar al baile con esas magníficas galas.

Cuando entró en la estancia el silencio se apoderó de la multitud, pues no podían más que observar la belleza de la muchacha que se había hecho con la atención de todos, incluido el príncipe.
Este le pidió el primer baile, ignorando por completo a las demás jóvenes enfurecidas, no tenía ojos más que para la joven Cinderella.

La noche trascurrió de este modo, y la muchacha mucho menos estuvo pendiente de la hora, como le había advertido su hada madrina, sino que se olvido de aquel comentario por completo... y solo se lo recordó cuando sonó la última campanada de la medianoche.

Entonces, entre los brazos del príncipe, Cinderella dio su último suspiro quedándo convertida para siempre en una hermosa estatua de cristal.

Caperucita Roja




Los pinos esconden entre sus ramas aquella casa de madera mugrienta, semejante a una trampa para algún animalillo indefenso, si hubiera alguien con el suficiente valor como para adentrarse en ella diría que es exactamente eso, la trampa para la muchacha que se oculta de la realidad, prisionera de tantas mentiras y verdades a medias.

Las cerdas de la escoba rascan el suelo, como si su única meta en la vida fuera desollarlo hasta que quede la madera clara que algún día fue, las manos callosas de la muchacha que la empuña son tan apagadas como el cielo mismo, siempre tan inhóspito en ese lugar.

Hace mucho tiempo, tanto que ni siquiera ella puede hacer memoria, aquella casa vieja y sucia era su guarida y no su jaula, en ella se refugiaba del mundo cruel que la despreciaba en cada soplo de realidad. Si pudiera hacer memoria, recordaría sus pequeños pies blanquecinos corriendo descalzos por el bosque, la humedad de las pequeñas gotas de lluvia que resbalaban lentamente por las hojas de los árboles y llegaban al fin hasta sus labios, su pequeño corazón latía más fuerte en aquel lugar, pues no sentía temor alguno a ser escuchado.

Pero si algo pudiera recordar sería como la anciana de sonrisa permanente que vivía allí la acogía con un abrazo, se sentaban las dos frente al fuego y la mujer comenzaba a tejer lana de color rojo mientras le contaba como hacer torrijas, o como se preparaba una buena infusión, la pequeña la oía interesada y se perdía entre el hilo que se enroscaba en aquellas agujas, formando una tela de aspecto mullido y reconfortante.

Al final de cada jornada, el reloj de cuco anunciaba el regreso a la realidad, tan temido para la pequeña, algunas lágrimas se escapaban de sus ojos y la anciana le prometía que algún día el canto del cuco no sería triste y no tendría que regresar jamás.

De estación en estación pasó el tiempo y la niña se transformó en una hermosa muchacha de ojos castaños, cabellos chocolate y piel blanca como el azúcar.

Una tarde en la que se encaminaba a la casa del bosque se encontró con un lobo, este empezó a olfatearla y ella pidió auxilio, aún sabiendo que donde estaba nadie la oiría y más apenada aún reconociendo que no existía nadie que se arriesgara a salvarla, entre sollozos se dejó caer al suelo y cerró los ojos con fuerza, mientras regalaba sus últimos pensamientos a la única persona que había querido, su buena anciana que la cuidaba como si de su hija propia se tratase.

En estos agónicos momentos apareció un joven cazador que a hachazos espantó al salvaje animal, cuando la muchacha abrió los ojos y se encontró con su salvador su corazón se despertó de la larga hibernación y comenzó a latir tan fuerte que pensó que se saldría del pecho, el joven no había visto a una mujer más hermosa y quedo prendado de ella, le ofreció su compañía para el resto del viaje pero ella se la negó amablemente sin embargo le prometió volverlo a ver.

Esa misma tarde cuando llegó a la casa le contó a la anciana lo ocurrido, le hizo saber cuan contenta estaba de haberlo conocido y que preferiría morir ahora a un futuro sin él.
Y como todas las tardes se sentaron frente al fuego, pero la charla de esta vez no tenía nada que ver con las habituales, esta vez hablaron del amor y fue la primera vez que la muchacha apenas prestó atención, pues no podía quitar de su cabeza aquellos ojos negros que le habían robado la razón.

Cuando se marchó de allí no estaba triste, las mariposas en el estómago le creaban una sonrisa imborrable y tenía la esperanza de encontrarse con su amado.
Pero la ancina perdería a su niña si no conseguía que se olvidara de ese cazador que la había conquistado.

La joven se encontró con el cazador , y esta vez aceptó su compañía hasta su casa.
Los dos se declararon entre risas y cumplidos y aquel fue el día más feliz en las vidas de ambos... pues no hubo otro en el que disfrutaran juntos.

Durante toda la noche la anciana preparó un brebaje que le garantizaría el olvido para la muchacha, el humo que producía teñía el cielo de un gris ceniciento permanente, que ensombreció bastante el paraje.
Cuando hubo terminado la poción, tomó la capa de lana que había estado tejiendo durante años y la impregnó del potingue.

La joven volvió a la mañana siguiente, para anunciarle a la anciana su compromiso con el cazador y esta con falsas lágrimas en los ojos le dio su enhorabuena.
Como excusa de regalo de bodas, le entregó la caperuza de lana, la muchacha se la colocó al instante y se miró al espejo, pero la alegría le duró poco pues comenzó surgir el efecto y un vació se apoderó del corazón de la joven.

Desde entonces sigue en aquella casa, en mitad del bosque, sin nada que hacer en la vida más que acompañar a la egoísta anciana que le arrebató el amor.