Los pinos esconden entre sus ramas
aquella casa de madera mugrienta, semejante a una trampa para algún
animalillo indefenso, si hubiera alguien con el suficiente valor como
para adentrarse en ella diría que es exactamente eso, la trampa para
la muchacha que se oculta de la realidad, prisionera de tantas
mentiras y verdades a medias.
Las cerdas de la escoba rascan el
suelo, como si su única meta en la vida fuera desollarlo hasta que
quede la madera clara que algún día fue, las manos callosas de la
muchacha que la empuña son tan apagadas como el cielo mismo, siempre
tan inhóspito en ese lugar.
Hace mucho tiempo, tanto que ni
siquiera ella puede hacer memoria, aquella casa vieja y sucia era su
guarida y no su jaula, en ella se refugiaba del mundo cruel que la
despreciaba en cada soplo de realidad. Si pudiera hacer memoria,
recordaría sus pequeños pies blanquecinos corriendo descalzos por
el bosque, la humedad de las pequeñas gotas de lluvia que resbalaban
lentamente por las hojas de los árboles y llegaban al fin hasta sus
labios, su pequeño corazón latía más fuerte en aquel lugar, pues
no sentía temor alguno a ser escuchado.
Pero si algo pudiera recordar sería
como la anciana de sonrisa permanente que vivía allí la acogía con
un abrazo, se sentaban las dos frente al fuego y la mujer comenzaba a
tejer lana de color rojo mientras le contaba como hacer torrijas, o
como se preparaba una buena infusión, la pequeña la oía interesada
y se perdía entre el hilo que se enroscaba en aquellas agujas,
formando una tela de aspecto mullido y reconfortante.
Al final de cada jornada, el reloj de
cuco anunciaba el regreso a la realidad, tan temido para la pequeña,
algunas lágrimas se escapaban de sus ojos y la anciana le prometía
que algún día el canto del cuco no sería triste y no tendría que
regresar jamás.
De estación en estación pasó el
tiempo y la niña se transformó en una hermosa muchacha de ojos
castaños, cabellos chocolate y piel blanca como el azúcar.
Una tarde en la que se encaminaba a la
casa del bosque se encontró con un lobo, este empezó a olfatearla y
ella pidió auxilio, aún sabiendo que donde estaba nadie la oiría y
más apenada aún reconociendo que no existía nadie que se
arriesgara a salvarla, entre sollozos se dejó caer al suelo y cerró
los ojos con fuerza, mientras regalaba sus últimos pensamientos a la
única persona que había querido, su buena anciana que la cuidaba
como si de su hija propia se tratase.
En estos agónicos momentos apareció
un joven cazador que a hachazos espantó al salvaje animal, cuando la
muchacha abrió los ojos y se encontró con su salvador su corazón
se despertó de la larga hibernación y comenzó a latir tan fuerte
que pensó que se saldría del pecho, el joven no había visto a una
mujer más hermosa y quedo prendado de ella, le ofreció su compañía
para el resto del viaje pero ella se la negó amablemente sin embargo
le prometió volverlo a ver.
Esa misma tarde cuando llegó a la casa
le contó a la anciana lo ocurrido, le hizo saber cuan contenta
estaba de haberlo conocido y que preferiría morir ahora a un futuro
sin él.
Y como todas las tardes se sentaron
frente al fuego, pero la charla de esta vez no tenía nada que ver
con las habituales, esta vez hablaron del amor y fue la primera vez
que la muchacha apenas prestó atención, pues no podía quitar de su
cabeza aquellos ojos negros que le habían robado la razón.
Cuando se marchó de allí no estaba
triste, las mariposas en el estómago le creaban una sonrisa
imborrable y tenía la esperanza de encontrarse con su amado.
Pero la ancina perdería a su niña si
no conseguía que se olvidara de ese cazador que la había
conquistado.
La joven se encontró con el cazador ,
y esta vez aceptó su compañía hasta su casa.
Los dos se declararon entre risas y
cumplidos y aquel fue el día más feliz en las vidas de ambos...
pues no hubo otro en el que disfrutaran juntos.
Durante toda la noche la anciana
preparó un brebaje que le garantizaría el olvido para la muchacha,
el humo que producía teñía el cielo de un gris ceniciento
permanente, que ensombreció bastante el paraje.
Cuando hubo terminado la poción, tomó
la capa de lana que había estado tejiendo durante años y la
impregnó del potingue.
La joven volvió a la mañana
siguiente, para anunciarle a la anciana su compromiso con el cazador
y esta con falsas lágrimas en los ojos le dio su enhorabuena.
Como excusa de regalo de bodas, le
entregó la caperuza de lana, la muchacha se la colocó al instante y
se miró al espejo, pero la alegría le duró poco pues comenzó
surgir el efecto y un vació se apoderó del corazón de la joven.
Desde entonces sigue en aquella casa,
en mitad del bosque, sin nada que hacer en la vida más que acompañar
a la egoísta anciana que le arrebató el amor.


0 comentarios:
Publicar un comentario